"Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones;" 2 Pedro 1:19
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martes, 22 de septiembre de 2015

UNA IGLESIA VIVA - Una necesidad desesperada

“Por eso pues, ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo.  ¿Quién sabe si volverá y se arrepentirá y dejará bendición tras de él, esto es, ofrenda y libación para Jehová vuestro Dios?” Joel 2:12-14

Dios nos dice CONVERTÍOS.  La conversión significa devolverse de una dirección y tomar la contraria.  Esto significa ARREPENTIMIENTO GENUINO (con todo el corazón), implica sinceridad, verdad.  “Con ayuno, lloro y lamento”, nos habla de desesperación.  Quien sabe realmente lo que significa el pecado, llorará y se lamentará.  Esta es una reacción necesaria, si bien no es todo pero esto debe existir en nuestras vidas si hay temor de Dios.
La orden de Dios a su pueblo es “rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos”.  Aquí el Señor nos hace la clara diferencia entre un arrepentimiento verdadero (rasgad vuestro corazón) y un arrepentimiento falso y superficial (vuestros vestidos).
Luego del derramamiento del Espíritu Santo el día de Pentecostés, Pedro se puso en pie y predicó el evangelio señalando la culpa de los hombres en la muerte de Jesucristo, y la reacción de los oyentes fue compunción de corazón (rasgad vuestro corazón), arrepentimiento genuino (Hechos 2:36-38).
La desesperación por tener una vida espiritual sana y verdadera, de acuerdo a la voluntad de Dios, es un sello y patrimonio exclusivo de los escogidos, la iglesia de Cristo (Mateo 5:6).  Naamán se resistió a cumplir con el requisito que le exigió Eliseo para ser sano (2 Reyes 5:10-13), pero los que son de Cristo, al igual que Naamán tal vez se resistan por un tiempo a la humillación o al sometimiento a la Palabra de Dios, pero en algún momento se volverán a Dios y le buscarán con desesperación y con todo su corazón. El ayuno, lloro y lamento son como el Jordán para Naamán. 
Los hombres podrán cuestionar y decir que hay cosas más efectivas que hacer para ser salvo o para tener una vida espiritual verdadera, que tiene que haber algo más que hacer o experimentar, que no puede ser tan simple como ayunar, lamentarse y llorar.  Algunos buscarán experiencias sobrenaturales sensoriales como las que tienen algunas sectas y serán engañados por su corazón; otros buscarán prosperidad material y serán presas de la codicia; otros buscarán perfección moral y tras muchos esfuerzos carnales se decepcionarán, y nunca la encontrarán.

Jonathan Edwards y el primer gran avivamiento en E.E.U.U.
En Julio de 1741, Jonathan Edwards aceptó la invitación de predicar en pueblo vecino de Enfield, Connecticut.  Era la cúspide del Gran Avivamiento (1740-42), uno de los más intensos derramamientos del Espíritu de Dios en la historia de los Estados Unidos. El fuego de Dios estaba cayendo por todos lados. A pesar del hecho que él había predicado su sermón “Pecadores en Manos de un Dios Airado” a su propia congregación y había tenido poco efecto, se sentía guiado a usarlo otra vez en Enfield.
Sus técnicas no eran impresionantes, siempre leía sus sermones en una voz calmada, pero con gran convicción. Él rechazaba gritar y usar teatralidades. Impresionar a los oyentes con el poder de la verdad y con su desesperada necesidad de Dios era la meta de Edwards.  Ni su estilo o la manera en que predicaba podían ser la causa de lo que pasó ese día en Enfield.
Un testigo, Stephen Williams, escribió en su diario : “Fuimos a Enfield, donde conocimos al querido Señor Edwards, de Northampton, quien predicó un sermón muy estremecedor de los textos, Deuteronomio 32:35, y antes de que
el sermón terminara había grandes gemidos y gritos que llenaban toda la casa… ` ¿Qué haré para ser salvo? ` `Oh, me estoy yendo al infierno` ` ¿Qué puedo hacer por Cristo?, ` y así sucesivamente. Así que el ministro se vio obligado a parar… ¡si los gritos y los alaridos eran asombrosos!  Williams continúa : “Después de esperar algún tiempo hasta que la congregación estuviese quieta, y así finalmente la oración fue hecha por el Señor W. y después descendimos del púlpito y conversamos con las personas, en varios lugares, el poder asombroso de Dios fue visto.  Varias almas fueron convertidas esa noche, y ¡Oh, cuán alegres y agradables se veían sus rostros.”
En todo esto no hubo ni un solo elemento inducido, ni manipulación psicológica, sino únicamente el poderoso mensaje de la Palabra de Dios, respaldado sobrenaturalmente por la gracia divina. 
¡Cuánto necesitamos eso en nuestros días!

Es tan simple, no necesitamos más que el poder de Dios para volvernos a Él.  Sólo necesitamos realmente desear con todas nuestras fuerzas que el Dios verdadero haga su obra en nuestros corazones, y sin duda Él lo hará.

Preguntas para la reflexión personal.
1.- ¿Sentimos esa inquietud, esa hambre y sed de justicia de la que habla Mateo 5:6? ¿Cómo la ve manifestada en su vida?


2.- ¿Nuestra búsqueda espiritual se parece a los reproches de Naamán? ¿Queremos algo más que la simpleza de la Palabra de Dios?


3.- ¿Ha estado inquieto buscando algunas de las cosas mencionadas (experiencias sobrenaturales, prosperidad, perfección moral)?


4.- ¿Qué le llama la atención o le inspira del testimonio del predicador Jonathan Edwards?




miércoles, 8 de febrero de 2012

ESTE POBRE CLAMÓ,...


POBRE : Es una persona sin posesiones, necesitado, desprovisto, incapaz de adquirir algo.  También significa afligido, humilde.
CLAMÓ : qara 'llamar a (es decir, propiamente por su nombre, pero que se utilizan en una amplia variedad de aplicaciones),  llorar, invitar.  Un clamor es un grito angustiado, una oración desesperada, en algunos casos sinónimo de gemido doloroso.
Y LE OYÓ JEHOVÁ : No podríamos encontrar mejor receptor de nuestro clamor que Dios.
            Cristo el Señor declara que son sumamente bendecidos, más que felices (bienaventurados), los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
            Aquellos desposeídos, necesitados e incapaces de adquirir algo por sí mismos, alcanzan la más gloriosa posesión : El Cielo.
            ¿Quién podría respondernos mejor a nosotros que Dios? ¿Quién podría satisfacernos eternamente sino DIOS?
¿Y con qué podríamos ser satisfechos?
Clamé a ti, oh Jehová;
 Dije: Tú eres mi esperanza,
 Y mi porción en la tierra de los vivientes.  Salmos 142:5
25 ¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?
 Y fuera de ti nada deseo en la tierra.
26  Mi carne y mi corazón desfallecen;
 Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.  Jn. 3:16

Dios entregó a su único hijo: Jesús.  ¿Qué don más perfecto podríamos desear sino Dios mismo?
Dios dándose a sí mismo para ser nuestra posesión más preciada.
 Salmos 73:25-26
Ciertamente Dios nos da todo y podría otorgarnos muchas más, pero… ¿acaso hay algo más deseable para nuestra alma que Dios mismo?
¿Podemos decir con convicción como Tomás: “Señor mío y Dios mío”?
            Cuando este pobre clamó, Jehová le oyó y le libró de todas sus angustias.  Fue librado de temores.  Cuando Dios es la porción del creyente, hay paz, seguridad, confianza.   En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor. 1 Juan 4:18.

El hombre cuando es regenerado por el Espíritu Santo, comienza a ver y darse cuenta que está desprovisto, ve su condición pecaminosa, ve su pobreza y miseria espiritual, se siente desnudo delante de Dios, y casi puede sentir que sus pies están al borde del infierno, con peligro de caer sin remedio en cualquier momento.  Teme al castigo eterno, porque también Dios se le revela como Santo y Justo, que está en el deber de castigarle.  Entonces no puede hacer otra cosa que clamar a Dios.  Entonces Dios le libra de todas sus angustias.
Al salvarnos Dios hace un milagro maravilloso.  Nos libra del poder de pecado, nos libra del castigo y la muerte eterna, la ira de Dios sobre nosotros es aplacada.
El asunto es que la única razón por la que Dios oye nuestro clamor, es porque la sangre del único justo, Jesucristo, habla más fuerte que la de Abel (Heb. 12).  Su sangre nos limpia de todo pecado.